Por Nil Redón, AI & Data Specialist en Prodware Group

Desde la aparición en nuestras vidas de ChatGPT, allá por noviembre de 2022, no hemos dejado de leer y de escuchar hablar de la Inteligencia Artificial generativa. A su llegada, la herramienta desarrollada por OpenAI nos impresionó por su capacidad para mantener conversaciones coherentes y generar contenido original abriendo ante nuestros ojos un nuevo mundo de posibilidades que superaba lo imaginable apenas unos años antes.

Tras ese primer boom y la ilusión ante la novedad, llegaron las dudas. En el caso de la IA generativa, las famosas “alucinaciones”, aquellas respuestas erróneas o inventadas que en ocasiones daba ChatGPT en vez de reconocer su desconocimiento, nos mostraron que la IA no era perfecta.

En ese momento, muchos se hacían preguntas sobre la utilidad real que tendría la IA generativa: ¿sería una moda pasajera, un divertimento sin mayor incidencia en nuestro día a día, o realmente iba a ser la gran revolución que nos habían anunciado?

A finales de 2025, la respuesta es clara: no fue una moda. Las capacidades actuales de los modelos y las aplicaciones creadas alrededor de ellos demuestran que la IA ha llegado no solo para quedarse, sino también para transformar nuestra vida personal y profesional, pues permite potenciar la productividad, acelerar la innovación y redefinir modelos de negocio por completo. Conscientes de estas grandes potencialidades, las empresas están acelerando la adopción de la IA: en 2024, un 78% de ellas afirmaban usarla, frente al 55% en 2023, según el AI Index Report de la Universidad de Stanford.

Sin embargo, el escepticismo persiste. A las personas nos suele dar miedo el cambio, pero nos genera aún más temor cuando proviene de algo que ni controlamos, ni entendemos. La mayoría de nosotros no ha recibido formación sobre Inteligencia Artificial y titulares alarmistas del estilo “La IA nos va a sustituir a todos” (lo cual, por cierto, no es verdad), solo refuerzan el miedo. Según una reciente encuesta de Ipsos, que analizaba la percepción social sobre la IA, más de la mitad de las personas reconocen sentir cierta inquietud ante el auge de esta tecnología.

Es importante transmitir el mensaje de que la expansión de la IA no se va a frenar y que, sea cual sea el trabajo que desempeñemos, tarde o temprano todos deberemos cambiar nuestra manera de pensar y aprender a trabajar con ella, del mismo modo que aprendimos a convivir con internet o con los teléfonos inteligentes.

Antes de la IA, habilidades como la rapidez en buscar y procesar información, la precisión o la ejecución sin errores eran muy valoradas. Ahora, la IA puede hacerlo mejor y más rápido. Pero no hay que alarmarse, puesto que las personas poseemos muchas características que nos hacen valiosas y que la IA no puede (y probablemente nunca podrá) aportar: empatía, sentido común, pensamiento crítico, capacidad de resolución de problemas, de aprender, de adaptarnos al entorno.

Esta transformación también alcanzará a la educación. Las nuevas generaciones crecerán con la IA de la misma forma que hoy los niños y niñas desde pequeños aprenden a manejar móviles y tablets. De aquí a unos pocos años, ellos serán ‘nativos digitales de la IA’ y en todos los niveles educativos se les debería enseñar a usarla de manera responsable.

Por otro lado, la IA generativa tiene una gran virtud, y es que cualquiera puede usarla, ya que no requiere conocimientos técnicos avanzados. Solo necesitamos abrir una aplicación, que en muchos casos es gratuita, y formular una pregunta o unas instrucciones, el ya famoso prompt, para obtener una respuesta. Esto democratiza su uso y permite que cualquier persona, independientemente de su perfil, pueda beneficiarse de ella.

Una vez entendido este cambio de paradigma, el siguiente paso es entender en qué tareas nos puede ayudar la Inteligencia Artificial. Para ello, se puede realizar un sencillo ejercicio: imagínate que tu empresa ha contratado a un asistente personal, una persona que no te conoce y no sabe nada de ti, con el único objetivo de que te ayude en lo que le pidas.

Igual que si te dirigieras a ese asistente, abre un chat con tu aplicación de IA generativa y explícale con detalle cuáles son tus funciones, tu experiencia y las tareas que realizas en tu día a día, especificando también a qué herramientas de IA tienes acceso, y pídele que te ayude a identificar en qué procesos puede aportarte valor. Esa simple interacción rompe la barrera del desconocimiento y nos aportará las primeras ideas a explorar.

La clave está en el hábito, la constancia y la curiosidad. Cuanto más se usa la Inteligencia Artificial, mejor se entiende su potencial y sus límites y más se aprovechan sus capacidades. No será una combinación perfecta desde el primer día: con cada iteración, aprenderás y te acostumbrarás a usarla cada vez mejor.  Con el tiempo, te convertirás en una persona potenciada por la IA: alguien que utiliza esta tecnología como un multiplicador de productividad, dedicando menos tiempo a ejecutar tareas y más a pensar, planificar y crear. La diferencia entre quienes la teman y quienes la adopten marcará la frontera entre quedarse atrás y avanzar.